¿Cómo era ir de vacaciones a las playas oaxaqueñas hace 45 años? Era un viaje más largo, incómodo y salvaje que ahora, pero el paraíso ya estaba ahí.

Las carreteras de Oaxaca en un mapa de 1976. La carretera federal 175 seguía sin estar enteramente pavimentada (Crédito: Mapoteca Manuel Orozco y Berra. Servicio de Información Agroalimentaria y Pesquera, SAGARPA)

“¿Cómo anda su espíritu de aventura?”, preguntaba hacia 1972 Harry Möller, ese formidable vagabundo profesional que fundó la revista México Desconocido. “Hay un circuito fascinante aguardando a todo aquel que quiera llenarse los ojos y la mente con un México realmente desconocido.”

En uno de los artículos que incluyó en su primera compilación titulada igual que la revista y publicada en 1973, Möller proponía un viaje al mar por la carretera federal 175. “Seguirla es participar de uno de los espectáculos telúricos más impresionantes del Continente: la misteriosa Sierra Madre del Sur”, decía. Luego de subir montañas de tres mil metros de altitud—¡Y vaya montañas!—, uno “desciende al océano Pacífico en Puerto Ángel, glorioso paraje de arenas blancas donde la roca que se desborda de la montaña forma infinitas caletillas de agua de cristal”.

En ese entonces, practicamente ninguna de las actuales playas célebres del estado de Oaxaca—Puerto Escondido, las bahías de Huatulco, Mazunte, el mismo Puerto Ángel, etc.—recibía turistas. La playa nudista de Zipolite, a unos tres kilómetros al poniente de Puerto Ángel, era el secreto de un puñado de personas, porque todavía no llegaban los hippies en masa, como lo harían pocos años después.

Para disfrutar de estos paísajes, el periodista y publicista proponía la siguiente ruta en automóvil: del Distrito Federal a Oaxaca, y de ahí, por la carretera mencionada, a Puerto Ángel, en el extremo sur del estado. El regreso sería costeando hacia Acapulco, para desde ese punto volver a la capital del país.

Zicatela, playa favorita de los surfistas en Puerto Escondido, Oaxaca (Crédito: www.visitmexico.com)

Más kilómetros y más tierra

La ruta sigue siendo un “circuito fascinante”, tal como la llamó Möller. Pero si la comparamos a lo que era hace 45 años, nos llevaremos un buen número de sorpresas. Para las cifras nos atenemos a los datos que ofrece la aplicación Rutas Punto a Punto de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes.

Para empezar, en 1972 el viaje era de mil 750 kilómetros totales; ahora se puede recorrer en sólo mil 600. De aquel total, 340 kilómetros (o sea, casi la quinta parte) eran caminos “de tierra”. El asfalto de la carretera federal 175 terminaba en la ciudad mezcalera de Miahuatlán de Porfirio Díaz, a 99 kilómetros de la capital Oaxaqueña; los otros 160 kilómetros hasta el mar eran de terracería sobre curvas vertiginosas con espectaculares panorámicas serranas.

Tampoco estaba totalmente asfaltada la carretera costera (federal 200) entre los estados de Oaxaca y Guerrero. El peor tramo, según Möller, eran los cien kilómetros entre Puerto Ángel y Puerto Escondido, que además carecían de gasolinerías.

Con estos antecedentes y sabiendo lo que son las desembocaduras de ríos y lagunas en Oaxaca con las lluvias, la advertencia que nos hacía Möller de que el circuito sólo era practicable en temporada seca resulta totalmente inobjetable. Hoy, nosotros no lo pensamos mucho, porque el cien por ciento de la ruta está pavimentada.

Otra diferencia importante está en las autopistas. En 1972, Möller sólo cubrió unos 330 kilómetros de autopista, que son otra quinta parte de su circuito: los de México a Puebla y de Iguala, Guerrero, a México (en aquella época, el camino más corto a Oaxaca era de Puebla a Atlixco y de ahí a través de la Mixteca por la carretera federal 190, de apenas dos carriles).

En la actualidad, en cambio, podemos disfrutar de la rapidez de las autopistas en más de la mitad del recorrido (a un precio de $922 pesos), gracias a las autopistas del Sol (95D) y de Oaxaca (135D) construidas a fines del siglo pasado; claro, a condición de que no se presenten bloqueos de maestros, deslaves, volcaduras de trailers o socavones…

Paisajes solitarios y de otro mundo

Las diferencias no sólo están presentes en el camino, sino, por supuesto, también a sus lados. Ahora hay muchos más lugares acondicionados para visitantes. Möller apuntaba, como un consejo valiosísimo en aquellos años: “hay hoteles, muy modestos, en Puerto Ángel, Puerto Escondido y Pinotepa”.

Hoy los hoteles se cuentan por docenas y quizá a la mayoría ya no los tildaríamos de “modestos”. No por nada a ese tramo “difícil” entre los puertos mencionados ahora lo llaman “Riviera Oaxaqueña”. Y por lo menos en esa parte de la costa abundan las brechas cómodas para acceder a playas, lagunas, miradores, tortugarios, restaurantes y cabañas.

En contraparte, el rumbo es mucho menos silvestre. Los caminos rudos se fueron y por todas partes hay gasolinerías y tiendas de conveniencia. En 1972 Möller avisaba al lector: “verá los monokinis más ingenuos y naturales: los que usan las mujeres en Ometepec y Pinotepa Nacional.” Tal paisaje ha desaparecido.

Sin embargo, otras muchas cosas permanecen. Ahí sigue la diversidad y la amabilidad de la gente de la costa. Y ahí está la belleza, tal vez no intacta, pero sí todavía magnífica e impresionante, de la Sierra Madre del Sur y de la costa oaxaqueña.

Luis Romo Cedano
Agosto de 2017

FUENTE

MÖLLER, Harry, México desconocido. Un país en busca de exploradores, México, Instituto Nacional de la Juventud Mexicana, 1973, 357 p.

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