Sin proponérselo, un político peruano, un millonario estadunidense y un cantante de ópera mexicano que se volvería fraile franciscano lograron el milagro de hacer de este pueblo olvidado uno de los mayores éxitos turísticos de la historia.

Algo pasó a mediados del siglo XX que hizo que San Miguel de Allende pasara de ser un modesto poblado mexicano a estrella de la exclusiva lista del patrimonio mundial de la UNESCO en 2008 y “el mejor destino turístico del mundo” según las revistas Condé Nast Traveler en 2013 y Travel and Leisure hace unas semanas.

Aunque esta transformación tomó un siglo, no deja de ser sorprendente. San Miguel siempre ha sido hermosa; al menos desde el siglo XVIII en que sus mejores casonas señoriales, iglesias y plazas ya estaban presentes (sólo faltaba la peculiar fachada neogótica de su parroquia, que se edificó a finales del siglo XIX). Pero turística, no.

En tiempos de Porfirio Díaz apenas era conocida y lo era más bien por su papel en la Guerra de Independencia. Entre la gente que viajaba por placer en aquellos tiempos pocos se tomaban la molestia de visitarla, a pesar de estar bien conectada por la recién construida red ferroviaria.

En Picturesque Mexico, un libro de 1897 donde la periodista estadunidense Marie Robinson Wright describió los rincones más notables de nuestro país, la ciudad de Guanajuato ocupa siete páginas; la ciudad de Chihuahua, cinco; Monterrey, “el Chicago de México”, cuatro; San Miguel de Allende, apenas un párrafo.

Crédito: Luis Felipe Rodríguez Palacio / http://itses.edu.mx/blog/fotos-antiguas-de-san-miguel-de-allende/

San Miguel de Allende en 1927 (Crédito: Luis Felipe Rodríguez Palacio / http://itses.edu.mx/blog/fotos-antiguas-de-san-miguel-de-allende/)

Al parecer, las transformaciones se gestaron en los años treinta del siglo XX cuando varios artistas “descubrieron” la belleza de la ciudad y se mudaron a ella. Estos artistas encabezaron grandes esfuerzos que lograron para San Miguel las dos metas intensamente acariciadas por todos los poblados que aspiran a convertirse en grandes destinos turísticos: la conservación del patrimonio local y su difusión al mundo entero. Tales esfuerzos coincidieron oportunamente con la época en que el turismo comenzó a despegar en nuestro país (la cuarta y la quinta décadas del siglo XX), pero por otra parte fueron una tarea bastante singular y que en aquel momento pocos imitaron.

De Hollywood a San Miguel

Uno de esos primeros inmigrantes que habría de cambiar el destino de San Miguel fue el famoso tenor jalisciense José Mojica (1895-1974). En los años veinte había alcanzado un puesto de primer rango como cantante de ópera en Chicago y Nueva York y más tarde se había vuelto una estrella del nuevo cine sonoro de Hollywood en inglés y en español. Pero tras dos décadas de vivir en Estados Unidos decidió regresar a México. Extrañaba las atmósferas provincianas de nuestro país y además buscaba un sitio tranquilo donde atender a su madre enferma. “Tras de muchos viajes y observaciones, me decidí por la bella y señorial ciudad guanajuatense, cordial y acogedora”, escribió en su autobiografía. Claro, habría que discutir si el término ciudad era apropiado para el semiabandonado San Miguel de entonces que contaba con tan sólo diez mil habitantes.

San Miguel fue Pueblo Mágico antes de que en 2008 fuera inscrito por la UNESCO en la lista del Patrimonio Mundial (Crédito: )

Al día siguiente de su llegada halló frente al parque Benito Juárez una encantadora finca llena de árboles y sin pensarlo dos veces buscó comprarla. “La dueña de la Granja Colón estaba dispuesta a venderme la propiedad en dos mil pesos”, escribió Mojica. “Me pareció no oír bien la cifra; pero era exacta.”  Equivalía a poco más de 500 dólares de la época. La llamó “Granja Santa Mónica” y es ahora el lujoso hotel Antigua Villa Santa Mónica. Por supuesto, hoy hay que pagar mucho más de dos mil pesos, para hospedarse una sola noche ahí.

Por su cuenta inició la remodelación de la casa y en 1936 él y su madre comenzaron a habitarla. La tarea de recuperar viejas casas habría de ser imitada por otros recién llegados, como el exiliado político peruano Felipe Cossío del Pomar (1888-1981) y el millonario estadunidense Stirling Dickinson (1909-1998).

La Granja Santa Mónica de José Mojica, comprada en 1935 por 500 dólares (Crédito: Luis Felipe Rodríguez Palacio / http://itses.edu.mx/blog/fotos-antiguas-de-san-miguel-de-allende/ )

El primero era un pintor profesional formado en Bélgica, Francia y su país natal que además escribía crítica de arte e historia y se había vuelto activista del naciente partido peruano de izquierda Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA). Amigo de Víctor Raúl Haya de la Torre, fundador de dicha organización, y del muralista Diego Rivera, en los años veinte había visitado México y ya en ese primer viaje había quedado encandilado con San Miguel de Allende. Cuando en 1937 regresó en calidad de exiliado, compró una casa sobre el antiguo camino real a Querétaro, en el oriente de la ciudad (la calle por donde los chilangos solemos llegar al centro de la ciudad Miguel y quedarnos boquiabiertos con las panorámicas). Pagó por ella 200 dólares, según apuntó en sus memorias.

Ese mismo año llegó Dickinson, un pintor oriundo de Chicago. Tres años antes había emprendido un largo recorrido por México a bordo de un auto Ford modelo A convertible en una época en que las carreteras pavimentadas en nuestro país apenas abarcaban unos pocos cientos de kilómetros. Encontró una vieja curtiduría que le gustó como casa y la compró, de acuerdo a algunos recuentos, por 90 dólares. Estos precios irrisorios, por cierto, reflejaban el aprecio—o, mejor dicho, menosprecio—que el mundo sentía en ese entonces por un lugar como San Miguel de Allende.

Vida y obra del general Ignacio Allende, mural que David Alfaro Siqueiros dejó inconcluso en Las Monjas, por un pleito que tuvo con la nueva dirección de la Escuela de Arte en 1949 (Crédito: Luis Romo Cedano)

Centro internacional de arte

Estos artistas no se contentaron con la remodelación de sus casas. Mojica ideó crear una organización de residentes que “salvaría aquella joya de marcado sello colonial” y junto con los otros dos pintores y varias familias sanmiguelenses fundó la Sociedad de Amigos de San Miguel de Allende. Con ella comenzaron múltiples obras para reparar farolas virreinales, arreglar banquetas, acicalar los jardines. También proyectaron la fundación de una escuela de artes.

Y entonces recibieron el doble e insólito espaldarazo del presidente Lázaro Cárdenas y el gobernador de Guanajuato Luis I. Rodríguez. Los gobernantes les cedieron el teatro Ángela Peralta—un elegante edificio de 1873 ubicado en la esquina de Mesones y Hernández Macías—para realizar funciones de cine que les dieran fondos para sus proyectos; y también les entregaron el majestuoso ex convento de la Purísima Concepción del siglo XVIII, mejor conocido como Las Monjas (en Canal, esquina Hernández Macías) y que entonces era un cuartel, para establecer ahí, ese mismo año de 1937, la escuela que Cossío del Pomar y Dickinson proponían. “No conozco otro caso semejante”, expresó asombrado el peruano. “Un extranjero, exiliado político, apoyado en buenos propósitos, hace desalojar de su cuartel a un regimiento de caballería con el objeto de fundar una escuela.”

Con la Escuela de Bellas Artes, San Miguel de Allende ganó otro notabilisimo espacio arquitectónico para la preservación, pero sobre todo se hizo de un tremendo centro de promoción turística; informal, desde luego, pero más eficaz que cualquier oficina de convenciones y visitantes de nuestros tiempos. A través de sus alumnos y maestros, Estados Unidos y el mundo entero habrían de conocer el apacible embrujo de la ciudad.

Dickinson fue su primer director y a través de sus contactos en Estados Unidos comenzó a traer estudiantes de aquel país a partir de 1938. Cossío del Pomar y Mojica hicieron también una destacada tarea de relaciones públicas e invitaron artistas de primer nivel. En los siguientes once años serían maestros en la escuela Pablo O’Higgins, José Chávez Morado, Federico Cantú, Carlos Mérida, Gabriel Fernández Ledesma, Alexander Archipenko y David Alfaro Siqueiros, mientras que eminencias de la talla de Manuel Toussaint, Juan Larrea, Pablo Neruda, Diego Rivera, Gabriela Mistral, Eugenio Ímaz y Alfonso Reyes visitarían Las Monjas en calidad de conferencistas.

Conservar el patrimonio histórico y difundirlo, las claves de la fama de San Miguel de Allende (Crédito: Luis Romo Cedano)

La senda marcada

La escuela fue poco a poco engrosando su matrícula, especialmente a partir de 1945, cuando veteranos estadunidenses de la Segunda Guerra Mundial recibieron becas escolares de su gobierno. Por gestiones de Dickinson esas becas se pudieron utilizar para estudios en la Escuela de Bellas Artes. El aumento en el flujo de visitantes obligó a reorientar la economía local. Hoteles, restaurantes y casas de huéspedes comenzaron a surgir. En 1936 el único cuarto con baño para visitantes en todo San Miguel de Allende era el que Mojica le rentó en su casa al recién llegado Cossío del Pomar, según este autor. Ya para finales de los años cuarenta varios hoteles contaban con ellos.

En esa misma década sobrevinieron cambios que amenazaron los éxitos logrados. En 1942, Mojica abandonó San Miguel y la vida mundana para entrar a la orden franciscana en Perú (más adelante sería conocido como fray José Guadalupe Mojica y está enterrado en Lima). A su vez, en 1945 Cossío del Pomar dejó la escuela y vendió sus propiedades en la ciudad para volver a su patria. Al poco tiempo la escuela se sumió en una crisis que la llevó a la clausura. Cossío del Pomar volvería en 1949, y asociado con el ex gobernador de Guanajuato Enrique Fernández Martínez y de nuevo con Dickinson abriría otra escuela semejante, el Instituto Allende, que sigue funcionando hasta nuestros días en su elegante edificio del siglo XVIII al suroeste del centro (Ancha de San Antonio 20).

Vida y obra del general Ignacio Allende, mural que David Alfaro Siqueiros dejó inconcluso en Las Monjas, por un pleito que tuvo con la nueva dirección de la Escuela de Arte en 1949 (Crédito: Luis Romo Cedano)

Para entonces, sin embargo, la semilla ya estaba sembrada. Conservación y difusión mantendrían su paso en las décadas posteriores. Los esfuerzos de recuperación y preservación arquitectónicas iniciados por la Socidad de Amigos de San Miguel de Allende continuarían sobre todo con auspicio privado. Es de todos conocida la inmigración estadunidense que haría de San Miguel una ciudad binacional y que ha sido un apoyo fundamental en dichos esfuerzos. Y la fama de la ciudad seguiría propagándose, como también se iría robusteciendo la infraestructura turística local.

Si tuviéramos que ubicar un momento preciso en que San Miguel se volvió turístico, lo haríamos en enero de 1948, cuando la revista estadunidense Life, que entonces vendía millones de ejemplares semanales a nivel global, publicó un reportaje titulado “Paraíso de las tropas. Veteranos van a México a estudiar arte, gastan poco y la pasan muy bien”. En las siguientes semanas la escuela de arte recibió miles de cartas, los hoteles sanmiguelenses se saturaron y en adelante nunca más caería en el olvido el nombre y la belleza de San Miguel de Allende.

Luis Romo Cedano
Agosto de 2017

ALGUNAS FUENTES

COSSÍO DEL POMAR, Felipe, Iridiscencia (crónica de un centro de arte), Guanajuato,
México, Gobierno del Estado de Guanajuato, 1988, 1ª edición en la colección Nuestra Cultura, 181 p.

COVERT, Lisa Pinley, San Miguel de Allende. Mexican, Foreigners and the Making of a World Heritage Site, Lincoln y Londres, University of Nebraska Press, 2017, 324 p.

MOJICA, Fray José Francisco de Guadalupe, O.F.M., Yo pecador…, México, Ed. Jus, 1957, 2ª edición, Serie Mirada Viajera, 256 p.

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