Caminar la costa de Quintana Roo antes de Cancún era una completa locura. Parecían pocas las posibilidades de sobrevivir a una selva interminable plagada de maleantes y sin el menor servicio. Pero el francés Michel Peissel lo logró y nos dejó un testimonio entrañable de su aventura.

 

Ese testimonio fue un libro titulado The Lost World of Quintana Roo, que al publicarlo en español la editorial Juventud lo llamó El mundo perdido de los mayas. Exploraciones y aventuras en Quintana Roo. No es una obra erudita o profunda sobre la zona o sobre las ruinas mayas que fueron el motivo principal de aquella odisea; a veces, incluso anota datos incorrectos. Pero es un relato muy divertido que ofrece un retrato cándido de aquella parte hasta entonces olvidada de México doce años antes de que comenzara la construcción de Cancún. Esta es una reseña de dicho libro.

El tema central del recorrido y del relato fueron las ruinas mayas desconocidas en un territorio de Quintana Roo que en ese entonces estaba lleno de soledad y mala fama, pero con su patrimonio natural intacto. Todo comenzó de una forma muy poco meditada.

El libro de Peissel fue traducido al español por editorial Juventud de Barcelona en 1966.

Nacido en 1937 en París, Peissel era hijo de un diplomático y se había educado en Inglaterra (su obra, por cierto, no está escrita en la lengua de Moliere, sino en la de Shakespeare). Estudiaba en Nueva York, pero en la primavera de 1958 se tomó un tiempo para un viaje a la Ciudad de México sin un motivo definido. En una escapada a Tepoztlán, Morelos, que él llama “el pueblo más bonito de México” (aunque no visitó muchos otros), conoció a un inglés, Alan Ball, con quien planeó recorrer en barco la costa occidental del Mar Caribe, desde México hasta Colombia. Se encaminó a Mérida para comenzar los preparativos, pero poco a poco se fue olvidando del proyecto original a medida que se enamoró de la cultura maya.

Hizo una primera parada en la zona arqueológica de Palenque. Luego, en el estado de Yucatán quedó subyugado ante Uxmal y la ruta Puuc. Y en Mérida conoció al arqueólogo franco-cubano-mexicano Alberto Ruz L’Huillier, el descubridor de la tumba de Pakal en Palenque, quien le dio dos cosas: un mapa de Quintana Roo marcado con las escasas zonas arqueológicas conocidas hasta entonces y la advertencia de que en la costa sólo había tres pueblos habitados—Puerto Morelos, Tankah y Xcalak. Todo mundo le insistió en que atravesar Quintana Roo era demencial. Incluso le contaron que un año antes habían encontrado muerto a un arqueólogo alemán que había tratado de ir a pie hasta Tulum. Mientras tanto, Alan Ball le escribió y le dijo que no tenía fondos, y, como si se tratara de un inocente paseo citadino, que lo alcanzaba en Belice.

Un mapa parecido a éste, que es de la Secretaría de Agricultura y Fomento de 1941, es el que debió haber llevado en su recorrido. (Crédito: Cortesía de la Mapoteca Manuel Orozco y Berra, Servicio de Información Agroalimentaria y Pesquera, SAGARPA)

De cualquier forma, entusiasmado y con sus 21 años de edad a cuestas, Peissel se lanzó hacia el oriente, dispuesto a recorrer la costa quintanarroense hasta Belice. Primero fue, por supuesto, a Chichén Itzá. Su viaje fue en autobús, “un medio de transporte modesto y poco glorioso para iniciar una expedición”. De ahí se desplazó al cercano pueblo de Valladolid, Yucatán, donde tomó otro autobús rumbo a Puerto Juárez. Este sitio, que hasta la fecha es el principal punto de embarque para Isla Mujeres, se ubica al noreste de la zona urbana de Cancún (y al noroeste de la zona hotelera). Ahí tomó un barquito que lo dejó en dicha isla donde en seguida abordó un carguero de cabotaje rumbo a Cozumel.

La ruta del primer viaje (1958) y el segundo (1961) de Peissel por Quintana Roo. (Crédito: Mapa tomado del libro original de Michel Peissel).

Como en Cozumel no halló otra nave que lo llevara a Belice, tomó una balsa diminuta que lo trajo de nuevo a territorio peninsular, confirmando entonces su decisión de seguir en solitario hasta aquel otro territorio. La balsa lo dejó en un punto que él llama Puha y que debe ser Xpu Ha. Como prácticamente todos los sitios donde pernoctó en su ruta, no era otra cosa que un cocotal (un “cocal”) con la cabaña del cuidador.

El señor Mesos, anfitrión de Peissel en la zona de Xpu Ha. Tenía a su cargo el cocal de Xpu Ha, cuyos “únicos medios de contacto con el resto del mundo son los barcos”. (Crédito: Fotografía tomada del libro original de Michel Peissel).

Su recorrido duró algo más de un mes hasta llegar hasta Xcalak, en el extremo sureste de México y de Quintana Roo. En gran parte lo hizo a pie, pero hubo varios tramos en que se vio obligado a navegar en pequeños botecitos de los lugareños, sobre todo en lo que ahora es la Reserva de la Biósfera de Sian Ka’an. El resultado de tal exploración fue el hallazgo de “dieciséis parajes de interés arqueológico que no figuraban en el mapa que el doctor Alberto Ruz me había dado en Mérida”, apuntó. De ellos, 14 no habían sido descubiertos antes. Tres años después hizo una segunda exploración en la que volvió a visitar varios de ellos. Su descubrimiento mayor fue Chunyaxché, una zona arqueológica también conocida como Muyil a 25 kilómetros al suroeste de Tulum que hoy cuenta con un cómodo estacionamiento sobre la carretera Cancún-Chetumal (Federal 307). Lo que ahora podemos visitar es una pirámide alta y empinada; Peissel encontró ahí más de 108 montículos, templos, pirámides y palacios, lo cual le permitió afirmar que se trataba de la ciudad maya más grande de Quintana Roo. Claro, no conoció las grandes ruinas de más adentro como Cobá, Kohunlich o Dzibanché.

Sian Ka’an, al sur de Tulum, fue una de las pocas zonas que en la costa de Quintana Roo logró escapar a los desarrollos turísticos. Hoy todavía recuerda el país silvestre que atravesó el viajero francés. (Crédito: Alejandra Vergara).

Sus notas sobre aquellos sitios y sobre los pequeños restos de pintura y escultura que encontró en ellos resultan sin duda muy útiles para los estudiosos de la cultura maya. Pero son las anécdotas y las descripciones adicionales los que hacen de éste un libro invaluable. Ahí están, para empezar, los personajes de ese remoto Quintana Roo, criaturas marginales en el próspero México de aquellos años.

Peissel en Chunyaxché durante su segundo viaje. Con ayuda de Coba-Cama, el guía maya que aparece al fondo, Peissel descubrió 108 estructuras de aquella zona arqueológica. (Crédito: Fotografía tomada del libro original de Michel Peissel).

Los últimos “mayas sublevados” compartieron con él sus ceremonias paganas y le mostraron ruinas desconocidas. Los cocaleros eran unas veces mayas y otras veces mestizos de toda índole. No faltó algún chiclero que revelara la oscura vida de los de su clase. Y había también, como ahora, forajidos, aunque no organizados. Le cuentan de un francés que había escapado de la Isla del Diablo, la célebre isla penal frente a la Guayana Francesa; vino a dar a estos rumbos y acabó ejecutado por chicleros. También se encontró con un puñado de malandros que en las cercanías de El Uvero intentaron darle caza sobre la playa (o eso creyó) y él se les escapó por muy poco.

El carguero María Fidelia que lo llevó de Isla Mujeres a Cozumel seguía las órdenes de un capitán libanés (qué cosa más rara: un libanés en Yucatán). Y ese capitán, al igual que sus hombres, daba la pinta perfecta de un pirata de siglos pasados. Y cuando Peissel reencontró las mieles de la civilización en Xcalak lo remitieron con un tal “Caldwell” que era el único que en aquel poblado podía ofrecerle una bebida fresca. Seguramente ancestro o, al menos, pariente del ex Secretario de Energía Pedro Joaquín Coldwell, Peissel lo describe como un ex millonario de la región arruinado por el huracán Janet de 1955. “Medio mejicano, medio inglés, Caldwell me recibió en una sucia cocina. Se dirigió hacia un viejo refrigerador arrastrando las chancletas. No tenía ni ginebra ni agua tónica. Sólo encontró una pobre botella de Pepsi-Cola helada.”

En Chamax, en lo que ahora es la parte norte de la reserva de Sian Ka’an, Peissel tomó esta foto de tres amenazantes contrabandistas que le gritaban desde lo alto de una pirámide maya y salió corriendo sin esperar a confirmar si tenían buenas o malas intenciones. (Crédito: Fotografía tomada del libro original de Michel Peissel).

Igualmente riquísimas resultan las noticias que este libro nos da acerca de lo inaccesible que era Quintana Roo. La única carretera en el territorio iba de Valladolid a Puerto Juárez (la abuela de la actual autopista Mérida-Cancún) y en abril de 1958 no era más que una “pista fangosa”. Puerto Juárez mismo era de reciente creación (Peissel no apuntó cuándo fue establecido). Antes, el puerto principal de aquella costa era Puerto Morelos, destino final del ferrocarril de vía angosta que iniciaba en Leona Vicario, Quintana Roo, y por el que los chicleros sacaban desde tierra adentro su producto.

En el sur, los faros destruidos, los cocotales abandonados y con las palmeras tiradas daban testimonio de la furia que tres años antes había desencadenado Janet, el huracán más terrible de la historia reciente de México. Incluso, en alguna ocasión Peissel tuvo que pernoctar a solas porque largos trechos de la costa estaban totalmente despoblados. El Maria Fidelia, que era el único barco de cabotaje en aquella costa sólo llegaba hasta Belice dos veces al año.

Tras un mes de recorrido, Peissel llegó a la costa sur de Quintana Roo. Aquí, la bellísima zona de Majahual, una playa relativamente poco conocida. (Crédito: Daniel Cuevas).

Esta fotografía de Quintana Roo tiene, no obstante, movimiento. Las últimas páginas del libro, dedicadas al segundo viaje en 1961, señalan que se anunciaban grandes cosas para el Caribe mexicano y que se construía una carretera entre Mérida y Chetumal (quizá la federal 184 que pasa por Peto, Yucatán). Además, con la revolución en Cuba, “Castro había abierto una era de prosperidad para la isla de Cozumel. Tres años antes no existía en la isla un solo hotel. Me enteré de que ahora contaba con cuatro, y que dos más, gigantescos, se hallaban en construcción. Diariamente se realizaba un vuelo entre Mérida y Cozumel, que ya no era sino un nombre más en el mapa de las estaciones balnearias antillanas.”

También comenzaban a llegar turistas “en alud, barco tras barco” a visitar las ruinas de Tulum, y el aeródromo cercano había sido agrandado, mientras en Boca Paila, 21 kilómetros al sur, se había instalado ya un campamento permanente de pesca deportiva desde donde llegaban visitantes por canales y lagunas a bordo de lanchas de motor hasta Chunyaxché.

La belleza de las playas de la zona daría pie a los grandes proyectos de desarrollo turístico. En 1970 iniciaría la construcción de Cancún y con él la desaparición de aquel remoto Quintana Roo. (Crédito: Fotografía tomada del libro original de Michel Peissel).

En medio de todo el relato, Peissel deja ver su enorme admiración por la belleza de estos rumbos. Cuando llegó a Puerto Juárez anota que se quedó pasmado con el color del mar. Y su descripción del trayecto hacia Isla Mujeres es más o menos la misma que después hemos hecho todos los demás viajeros la primera vez que llegamos a aquellos rumbos: “el mar azul parecía volverse aún más azul a medida que avanzábamos sobre bajíos de arena hacia la pequeña isla. Pensé que aquella era el agua más azul del mundo.” Las frases que elogian el perfil paradisiaco de aquella costa se repiten una y otra vez. También su amiga francesa, Marie Claire de Montaignac, que lo acompañó en 1961 pensaba lo mismo: la playa en el área de Tulum “rivalizaba con las más bellas de la Costa Azul y las Antillas”.

Por lo demás, si algún mensaje tiene este libro es el de la pureza del mundo maya. Esos mayas sublevados que lo guíaron y lo recibieron como uno de los suyos son impolutos; personajes de la antigüedad mítica que mantienen su admirable integridad en el mundo de la carrera espacial y el progreso desaforado. Queda implícito que, en consecuencia, mestizos y criollos mexicanos somos la segunda clase de la decadente sociedad occidental. El planteamiento no es nuevo y, dejando a un lado sus consecuencias políticas, no es tan importante, creo. Ese mismo espíritu romántico y maniqueo es el que inspiró el viaje fabuloso de Peissel y el que nos entregó una narración que nos hace soñar. Y es ese mismo espíritu, por cierto, el que llevaría al autor más adelante a hacer otros recorridos increíbles, con sus respectivos testimonios escritos, como un Livingstone o un Burton, pero en pleno siglo XX. Antes de morir en 2011 recorrería todos los rincones del Himalaya—desde Cachemira hasta las fuentes del Mekong—, haría larguísimas expediciones fluviales por Rusia y volvería a la costa peninsular a tratar de revivir las rutas marítimas costeras de los antiguos mayas (experiencia que dejó plasmada en Las puertas del oro y El viaje de la “Itzá”). Pero esas fueron otras historias que ameritan otros textos y otros espacios.

Michel Peissel en sus viajes iniciales por Quintana Roo.

 

Luis Romo Cedano

Agosto de 2019

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

PEISSEL, Michel, The lost world of Quintana Roo, Londres, Hodder and Stoughton, 1964, 306 p.

El mundo perdido de los mayas. Exploraciones y aventuras en Quintana  Roo, traducción de Gloria Martinengo, Barcelona, Editorial Juventud, 1966, 271 p. más ilustraciones.

– Las puertas del oro. En busca de los navegantes mayas, traducción de Dolores Sánchez de Aleu, Barcelona, Editorial Juventud, 1980, 238 p.

– El viaje de la “Itzá” y el misterio maya, traducción de Maruchy Friart, Barcelona, Editorial Juventud, 1980, 238 p.